Hoy, después de tres interesantes y divertidas noches en el hostal (lo cual dará lugar a otra entrada) era el día de la recogida de llaves lo cual prometía ser un día importante y feliz. La verdad que el día no empezó demasiado bien cuando me levanté a las 7:30 de la mañana (supongo que mi cuerpo empieza a amoldarse a los horarios holandeses) y me bebí mi pot de té, que no se debe confundir con una jug (cosa que yo hice, y por lo tanto me bebí más de medio litro de té a las 8 de la mañana, que todo hay que decirlo, no me sentaron del todo mal.
Pasado el momento del desayuno recogí las cosas y al bajar a la sala común me encontré con mi compañero portugués de penurias para lo que quedaba de día (de hecho ahora mismo soy incapaz de recordar su nombre, pobre hombre) y se ve que en ese cruce del destino se decidió que nuestro día viajaría entre bastante absurdo a totalmente surrealista. Así empiezo nuestro via crucis desde el hostal hasta nuestras habitaciones.
El primer problema del día -aparte de los cerca de 40 kilos de equipaje que debíamos llevar cada uno y que fue una constante en el día- fue una pequeña equivocación en el número de la calle al que debíamos acudir, nada que no subsanasemos con unos pocos minutos de agradable paseo (en este punto es donde creo se acabó toda nuestra suerte). Llegados al edificio en cuestión pasamos a recoger nuestras llaves y a que nos indiquen la forma de llegar al piso en cuestión; según las indicaciones debíamos ir con todo nuestro equipo hasta la estación central de Utrecht y allí coger un autobús hasta nuestro destino (por si aún no lo he dicho la ubicación de las habitaciones no era en el mismo Utrecht -como sería de imaginar en la Utrecht Summerschool- sino en la agradable pedanía de Zeist -o traducido a lenguaje vulgar, allá donde cristo perdió el mechero-). Como bueno penitentes iniciamos nuestro via crucis hasta la estación con todo nuestro equipaje a través del centro de la ciudad un sábado cerca de las doce y media del mediodía. Tras perdernos un poco -mucho- en Hoog Catharijne (me gustaría tener unas palabras con el que se le ocurrió mezclar la estación central de trenes, autobuses de todas clases y tranvías intercity con un megacentro comercial de proporciones desmedidas) conseguimos llegar a la parada del autobús y es aquí donde empieza nuestro viaje más surrealista.
Para empezar vemos acercarse el autobús diez minutos antes de lo esperado, lo que nos alegra enormemente hasta que una anciana que vio nuestros felices rostros nos dijo que no tuvieramos tanta ilusión que el autobús llegaba en diez minutos y no antes; y así fue ya que no solo no paró en ese momento sino que llegó a pasar otras dos veces por delante de nuestras narices hasta detenerse -a la hora esperada, por supuesto-. Llegado este momento intentamos comunicarnos con el conductor, para hacerle ver si pasar por la parada que nos interesa y si puede nos lo indique de alguna manera tras lo cual procedemos a intentar encajar todos nuestros bártulos de la mejor manera posible. A la tercera parada del autobús descubrimos que realmente no era necesario ir hasta la estación central ya que bajando unos 20 metros por la calle donde nos habían entregado las llaves había una parada del autobús que nos interesaba -primer momento de mosqueo total con el mundo-. Las paradas se iban sucediendo, atravesando la zona más campestre de la provincia de Utrecht cuando a la hora y algo de viaje en el autobús decidimos preguntarle al conductor si aún quedaba mucho, cual no sería mi sorpresa y cabreo cuando el conductor y el pasajero que iba al lado nos comentan entre sonrisas que esa parada la hemos pasado hace mucho, realmente mucho; y nos ofrece como solución parar y esperar al autobús en dirección contraria (luego he recapacitado sobre ello y hubiese resultado más fácil seguir en ese autobús, ya que llegaríamos antes que yendo en dirección contraria), con lo que le hacemos caso y allí nos vemos el portugués y yo, en medio de una zona campestre y al lado de una granja donde había cabras y canguros, con todas nuestras maletas y bártulos esperando el autobús de nuevo. Pasado el tiempo de rigor (la puntualidad de los transportes holandeses es realmente curioso) subimos al autobús no sin antes explicarle al conductor nuestra pequeña odisea y que por favor nos indique cuando nos acercamos a la parada de destino. Todo parece que empieza a funcionar cuando a la media hora de viaje, el autobús para y el conductor decide bajar a fumarse un cigarrillo (yo ya no sabía si reír o llorar, ya que hacía más de hora y media que habíamos cogido el primer autobús para un trayecto que en teoría no deberían ser más de 20 minutos). Tras el cigarrillo finalmente conseguimos llegar a nuestro destino.
Recopilando datos, habíamos tardado más de dos horas y media en hacer un recorrido de supuestamente 20 minutos; y desde que no entregaron la llave hasta que finalmente llegamos a la habitación (que por cierto la casa que me ha tocado en suerte y los compañeros de piso son para otro par de entradas) habíamos tardado más de 4 horas; un día para olvidar.
sábado, 1 de agosto de 2009
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